|
|
Celia Vernaz
Obras:
Educadora, escritora, historiadora y poetisa. Nació en la Colonia San José. Realizó los estudios primarios en la Escuela Nº5 “Nicolás Rodríguez Peña” de su ciudad natal, e inició los secundarios en el Colegio “Niño Jesús” también de San José, para finalizarlos en la Escuela Normal “Mariano Moreno” de Concepción del Uruguay. En esta última se recibió de Maestra Normal Nacional. Luego se trasladó a Paraná donde obtuvo el título de Profesora de Historia en el Instituto Nacional del Profesorado Secundario de dicha ciudad. Ejerció la tarea docente tanto en escuelas primarias, como secundarias y terciarias. Dictó cursos de Historia en San José, Colón y Concepción del Uruguay. Desarrolló el tema de la inmigración europea en la zona, efectuando investigaciones en Museos y Archivos locales, como así también en los países de donde vinieron los colonizadores, especialmente en Suiza. Varias charlas y conferencias pronunció al respecto, participando en Congresos Nacionales y Extranjeros. En 1991 concurrió a un Congreso Internacional que se desarrolló en la Universidad de Ginebra (Suiza), abordando el tema de la inmigración, y en especial, el rol de la mujer en estos eventos. Buscó la ampliación de los conocimientos históricos en los países de cultura milenaria, tanto en Africa, como en Medio Oriente y Europa, realizando varios viajes por el mismo motivo. Escribió en revistas y periódicos importantes de la localidad, de Suiza y de Francia. Integró comisiones culturales, luchando siempre por el mantenimiento de las instituciones, formando parte de la Junta de Estudios Históricos “Facundo Arce” de la Provincia de Entre Ríos. Recibió distinciones especiales, tanto de autoridades locales como del Gobierno de Valais, Suiza. Sus obras se refieren, especialmente, al proceso inmigratorio regional. Fue coautora del “Libro de Oro del Centenario de la Colonia San José”, publicado en 1957. Luego, publicó “San José y el Tiro (1859-1980)”, en 1981; “La Colonia San José y la voz del inmigrante”, en 1982; “Figuras representativas de la Colonia San José”, en 1983; “La Colonia San José y la inmigración europea”, en 1986; “Papeles de un inmigrante”, en 1987; “Colón. Documentos para su historia”, en 1988; “Tiempos de Colonia”, en 1988; “Une Colonie Savoyarde”, publicado en Savoie, Francia, en 1989; “Le role de la femme dans l´émigration”, publicado en Le Chable, Suiza, en 1991; “Escritos”, en 1991; “Colonies valaisannes en Argentine”, publicado en Sion, Suiza, en 1991; “¿Quién mató al Padre Cot?”, en 1994; “Historia de San José y Colón”, en 1997, conjuntamente con el Profesor Carlos Conte Grand; “Juan José Durandó. Una historia”, en 2000; “Los franceses en la Colonia San José”, en 2000; “La Iglesia de San José”, en 2001; “Les francais de la Colonie San José”, publicado en Allinges, Francia, en 2002; “Les francais dans la Colonie San José”, en 2002; “Alejo Peyret”, en 2002; “Alejo Peyret. Él y los muchos”, como coautora, en 2002; “Urquiza en la Colonia San José”, en 2002; “El idioma en la Colonia San José”, en 2005; “El silencio del abuelo”, en 2007; y “L´inmigration dans la province d´Entre Ríos: Alexis Peyret et la Colonia San José”, como coautora, publicado en Gascogne, Francia, en 2008. En 2004, la Editorial Corregidor de Buenos Aires, publicó la segunda edición de “Tiempos de Colonia”, y en 2007 fue coautora del “Libro del Sesquicentenario de la Colonia San José”. Actualmente, se encuentra en imprenta su nueva obra: “Dr. Carlos Prelat”.
La mesa
Casi cerca del mediodía la gente va llegando de la chacra, despojándose de sombreros y pañuelos al cuello. Lentamente se arremangan para refrescarse y desprenderse de ese polvo mezclado con sudor que se adhiere a la piel con fuerza telúrica, llenando poros y arrugas en extraña cartografía física. Cada uno integra pasivamente la antesala de la cocina. No siempre es la galería contigua: la sombra de la enramada o del paraíso es buena para tomar un mate amargo como aperitivo gaucho y preparar así el estómago para recibir el alimento necesario con los ingredientes infaltables de enredos, el dicho oportuno o el percance de la mañana. Este brebaje con yerba de palo comprada en bolsa, recipiente extraído de la planta y bombilla de plata, viene desde la cocina en manos de mujer quien, de pie al lado del que lo toma, espera con paciencia bíblica, de abnegación o de quién sabe qué madrigal enternecido, que la succión se acabe para repetir tantas veces el viaje que, pensándolo en ecuaciones, ha de sumar kilómetros en franciscano silencio cada vez que debe cebar mate para tantos. Alguien se apresura a terminar esta etapa con un: ¡gracias! lleno de ceremonias, y saca de entre esa faja negra que en varias vueltas rodea su cintura, una bolsita cosida a mano en cuero tan gastado que ya es un pergamino. Con lentitud y precisión impecable, arma el cigarro que saborea como si la vida se esfumara y renaciera a cada instante en esas volutas con que juega el humo dándole consistencia a los sueños e ilusiones, huyendo un poco y acercándolo de nuevo a las sensaciones naturales. Dentro de ese clima de descanso y espera es cuando se oye una voz como de heraldos consagrados en la fiesta: ¡la comida está lista! El que no se arquea como un felino, salta como un resorte escapado de su atadura. Uno se pone la alpargata, el otro usa dos dedos para peinarse y el más astuto afloja el cinto llevando instintivamente la mano hacia la hoja envainada. En orden y respetuosamente van haciendo su entrada en la cocina-comedor. Esta tiene gran tamaño pero pocas cosas: el fogón, dos hornallas, un aparador de doble cuerpo y una mesa de dimensiones no comunes con bancos largos y varias sillas. Veinte personas caben cómodamente a su alrededor. Se sienta primero la autoridad paterna en el lugar privilegiado y lo hace con la misma solemnidad de quien preside un reino poderoso rodeado de súbditos; luego, hacen lo mismo el resto de la familia junto a los peones y criados, sumando un núcleo numeroso y heterogéneo, tanto por parentescos, relaciones, actividades y cultura. Cuando están todos ubicados se produce una cierta calma religiosa cimentada con fuertes lazos de tradición, interrumpida por breves alocuciones del dueño de casa. El mantel damascado, los platos con sellos de Inglaterra, Holanda o Francia, cubiertos de fabricación económica, pan casero y un gran botellón con agua están sobre la extensa superficie de madera. La damajuana de vino tinto ha sido ubicada en el suelo junto al patrón. El preámbulo a la mesa del mediodía ha tocado el punto. A una señal imperceptible para los comensales, la doña responde a la dura e imperativa expresión del rostro-jefe apareciendo con una cacerola ancestral y un cucharón de regimiento y, enseguida, sirve a cada uno de los presentes la esperada sopa de arroz, espesa y humeante, con dientes de ajo nadando como cisnes y trozos de cebolla como filas de remeros. Algún rostro infantil se retuerce en su rechazo, pero nada de lo que estás servido se deja ante la revista de la mirada paterna. El silencio total por ausencia de palabras se interrumpe ante los gargarismos de quienes confunden la acción de comer con la de embocar un triple desde la cuchara. Luego aparece una fuente de puchero, papas y zapallos, moñatos, todo elevado a la enésima potencia en tamaño, cantidad y presencia grotesca. Sin cambiar la vajilla se sirve primero “V. S.”, pues así podría llamarse en su época a aquella figura calcada en cada familia por la severidad con que rige la mesa ya que por una palabra, risa o estornudo, exige el retiro inmediato del causante para no probar más bocado hasta el día siguiente. Además, ante un breve relato o anécdota pronunciado una vez saciada la hambruna tremenda, los participantes del almuerzo asienten dibujando una sonrisa con el músculo del rostro que hayan desocupado sin oponerse jamás a su amo. La familia conoce las costumbres, pero el nuevo peón debe estudiar el asunto con mucha táctica y cautela, pues si habla sin que le pregunten o se vuelve parlanchín y jocoso, seguro que es despedido. Pero aprenden rápido hasta las picardías. Uno había cortado muy grande el trozo de pan y como por ley natural no se deja nada, lo fue poniendo disimuladamente dentro de la manga de su blusa para desaparecer con él. El postre es el resultado de la habilidad femenina. Aquellos orejones que habían sido secados sobre el techo de la casa, hoy son delicias del paladar: hervidos con azúcar o en forma de pastelillos constituyen la culminación del ágape en un día de trabajo común inmortalizando esa mesa acogedora que nadie puede olvidar ante tan republicana constitución: la arrogancia patriarcal proyectada desde un medioevo sin tiempo, las mujeres sumisas, abnegadas y sufridas hasta rozarse casi con un esclavismo indefinido en el vocabulario modernista, el peón, el allegado, el criado, todos hermanados bajo el mismo sello tan caro del respeto, el silencio circunstancial y la cristiana caridad junto al pan de cada día.
(Publicado en "Tiempos de Colonia", 1988).
Linyera
Llega un linyera. El callejón de tierra negra entre doble fila de paraísos añosos enmarca su figura. Camina lentamente, pero avanza hacia la casa, sin dudas, a pedir posada. La tarde se va acostando entre tules y reflejos dorados sobre el horizonte inmóvil. La atmósfera pesada y polvorienta aprieta hasta el pensamiento y las ideas se detienen al nacer, no más. Otra vez viene ese personaje sin destino que recorre la colonia ajeno al rumbo, y un interrogante brota desde lo más hondo. No hay respuesta. Sólo se sabe que existe sobre los caminos largos como para no llegar nunca. O más bien, no le interesa el final. Su paso tiene el andar de siglos como si ya hubiese recorrido toda la superficie del globo y no quedan hoquedades donde no haya depositado su humanidad. Un cierto aplomo fluye de la sabiduría natural que la experiencia le va dando. Deposita su mirada ausente en la distancia infinita del tiempo y pareciera detenerse sobre un punto inexistente al común de la gente pero para él está ahí, detrás del más allá, como un imán que lo impulsa a seguir andando, haciendo importante su trayecto. Llega porque se acerca la noche y seguro que hoy se le ha ocurrido, simplemente, cambiar el tachonado de estrellas del firmamento que lo acompaña siempre por algo distinto que una familia le puede brindar. Nunca se llega a saber qué extraña filosofía vive su mente vagabunda, ni si en el fondo existe el bien, o es el habitáculo de meditaciones maléficas que en algún lugar de los extensos dominios de la libertad afloran en el marco de su desgracia. El rostro desencajado, con pómulos salientes, la mitad oculto detrás de una larga barba matizada con hilos blanquecinos, bigotes y tupidas cejas, deja ver la marca rojiza del sol y de los vientos. La cabellera, más tusada que cortada, casi destila aceite viejo debajo de un chambergo contrahecho que de sus formas primitivas ni el esbozo conserva. No es fácil captar el mensaje de ese semblante anestesiado de expresiones y extraído de la piedra. Andar y andar: ya es bastante. Su ropaje ha sido de otro. Un saco largo y andrajoso cubre tiras que alguna vez un sastre le había dado formas elegantes para lujosos salones a los cuales ni en la imaginación ha visto. Va descalzo y sin problemas en la piel. Lo mismo roza una espina que la arena, el barro o la maleza. Hombre rudo y fuerte como el mal tiempo. Sobre sus espaldas resignadas lleva un atado envuelto en un roído poncho cuyas cuatros puntas atadas hermetizan la carga. Es el mono que en el descanso de la noche, ya en la vía o debajo de los puentes, le sirve de almohada. Ni un cofre portador de una fortuna cuidaría con tanto esmero, pues ahí dentro lleva todo su haber, sus sueños y su cruz. Es más lento su paso el acercarse. Un perro lo ladra, pero no le importa. Los peligros que afronta en su extraña vida son mayores y ahora lo que quiere es descansar. ¡Busco posada! Con dos palabras soluciona presentación, identidad y todos los porqués. Su laconismo exige respeto al silencio en torno de su persona: todo está dicho, como la pieza oratoria más convincente de los políticos en busca del apoyo partidario. No cabe ninguna pregunta ni alocución a la problemática de la existencia fácil o complicada de este personaje que cada tanto, con otros rasgos pero idéntico objetivo, aparece en busca de un techo para pernoctar. En un galpón hay un catre permanente para cuantos se acercan por lo mismo. El agua y un plato de comida se dan por añadidura con la naturalidad con que se recibe el mandato evangélico, sin pensar siquiera que un malevo forajido o condenado es el que ahí duerme tan libre y tan cerca de uno. La noche es entonces como una ráfaga de paz que se extiende abrazadora en su tibieza de luna y de estrellas: descansa el que trabaja, el caminante, el que forja en vano sus ilusiones perdidas y el que sueña todavía con lo inalcanzable. Lo cierto es que en la madrugada húmeda de rocío, acariciada por la frescura de las horas tempraneras, retomando el paso cadencioso y rítmico de todos los días, desaparece el linyera por el callejón de paraísos hospitalarios, sin un adiós ni un gracias siquiera. Y otra vez errar y errar por los caminos, conocer otros puentes y otras vías, bajo el mismo sol y el mismo cielo, sin llegar nunca, nunca. ¡Vivere parvo! (Vivir con poco).
(Publicado en "Tiempos de Colonia", 1988).
El naranjo
(Publicado en "El Silencio del Abuelo", 2007).
Las campanas
Al baile
La tarde del sábado se va esfumando con una euforia en el ambiente. Es que hay baile en la Colonia, y esto no es frecuente pues la Cuaresma, la lluvia o algún duelo impiden a las muchachas asistir a esta fiesta durante meses o hasta dos años y medio, si se trata de guardar luto por un familiar directo. Y este día se presenta pleno, sin impedimentos de ninguna índole, casi celestinesco en su complicidad con la imaginación. El vestido está planchado desde la mañana y se agita en una percha colgada en la enramada para que se ventile bien de cualquier polilla que pueda habérsele prendido. Los rulos, hechos con tiras, son peinados al viento frente a un pequeño espejo colgado en el tronco del jazmín; la cara, muy lavada con jabón de olor usado solamente cuando uno va a salir, es sometida a una espesa capa de polvo blanco (Poudre de riz) con un poco de rouge y un lunar muy cerca de la sien. Hay un revoloteo de mujeres mientras se arreglan en ese atardecer esperando la puesta de sol para partir, semejante a los arrullos de palomas o coloquios de cotorras, con sonrisas transparentes y un alegría que trasunta la arquitectura de esos cuerpos ceñidos para vestir de fiesta. Los grandes y los chicos se juntan para verlas en transfiguración asombrosa pues no parecen aquellas que deschalaban, ni tampoco son las mismas que carpían las papas sin cuidar las formas enfundadas para no quemarse del sol. Nerviosas, miran a cada instante la desaparición de los rayos solares como reloj exacto. En efecto, en este momento llega hasta el patio el hermano mayor manejando un carro playero al que le ha puesto dos travesaños para que ellas se sienten. ¡Vamos al baile! grita con voz ahuecada que todos escuchan rientes y ansiosos. Entonces las damas se ponen en filas para subir al carruaje, con mucha dificultad las de exagerado volumen, pues deben hacer equilibrio sobre un banquito y luego una silla antes de llegar a los asientos forrados con un poncho para preservar las polleras. Las vecinas se suman al grupo, así que van bien apretaditas con tal de que todos tengan lugar. La algarabía es contagiosa y el trayecto se cubre hasta la terraza sin sentirlo y con una emoción sin límites. La llegada es sencillamente espectacular. Al bajar del carro se forma una hilera mujeres precedidas por el varón que las ha conducido. Este es el único que pega le entrada, hecho lo cual se produce el acceso al recinto iluminado por las estrellas, algún farol, y cubierto en parte con un encerado. Los hombres, arrinconados o junto al poste, las miran una a una como si fueran de otro planeta y balbucean cosas que uno disimula haber oído: mirá la María, qué fiera la Juana, llegó el loro, me gusta la de colorau… Todas se ubican alrededor de la pista, de pie para no arrugarse el vestido pero en primer lugar, para que los mozos las vean y las inviten a bailar. Solo algunas madres que acompañan a sus hijas están sentadas en bancos largos contra la pared, con las niñas adelante. En sus faldas amontonan los abrigos, la pañoleta y la linterna que se les cae cada vez que se dormitan en esas largas noches de espera. La orquesta, dispuesta sobre un escenario, comienza temprano la música con un paso-doble para levantar la reunión. A los primeros acordes, las muchachas sonríen y se arreglan el cabello, la cintura, el prendedor, haciéndose las distraídas pero esquivando al que no les gusta para aceptar una seña de as de espada o tirón de mentón que le hace algún caballero, quien a grandes pasos de ñandú se cruza la pista con intenciones de bailar. En un instante las parejas han cubierto totalmente el espacio posible con una animación singular. Pero siempre queda alguna pobrecita con la que nadie se atreve a probar suerte: o muy seria, o muy grande o muy fea. La madre desde al banco entra en franca desesperación: nena, reíte; andá más adelante; mirá a los hombres. Pensar que de estas pequeñas actitudes se tiene la posibilidad de casar a la soltera rezagada en el matrimonio. Sin embargo, se produce lo insólito que la protección materna no logra comprender. Esta sonríe feliz cuando se acerca un candidato dando su aprobación con una graciosa inclinación de cabeza, pero si a la hija no le gusta, es rechazado con un imperativo “tengo novio, no bailo” y ya por el resto de la fiesta se pierde la ocasión. A la media noche las señoras son invitadas con gran cortesía a pasar a la sala para tomar el chocolate. Este hierve en grandes ollas sobre la cocina de leña. Un hombre vestido medio de pinta se ocupa de servir con un cucharón cada taza que se le acerca. Es el momento de los saludos de las comadronas quienes intercambian opiniones sobre el éxito de las hijas con un gran regocijo, imposible de disimular si ellas han bailado desde que llegaron sin perder una pieza. Esta media hora de ausencia es aprovechada por los mozos que se quedan parados al lado de la coquetona, desenredando un romance tan atropellado y folklórico que ambos configuran una estampa digna del recuerdo: él, en posición de descanso, con los brazos en jarra, tocándola a veces con el codo, y con el rostro tan cerca de ella que levantando una ceja por un lado y torciendo la boca por el otro, se encuentra irremediablemente prisionera. Mientras tanto, la bella se retuerce sobre un taco al punto de quebrarlo, entorna los ojos como que no ve ni oye, se hace el ausente con el rostro impávido de las estatuarias de mármol, hasta que al fin, se sonroja algo, se estira un poco y sonríe mirando al suelo lleno de vergüenza, porque lo ha aceptado. Ambos aflojan, entonces, las tensiones que se vuelven a extender y complicar cuando termina el chocolate y regresa la madre masticando un pedazo de galletita. Este es otro episodio con derivaciones sorpresivas según sea o no del agrado el caballero que rondea sobre la hija. A las tres de la mañana en punto, la orquesta anuncia la última pieza después de varios tangos, valses y rancheras. Afuera está esperando el carro para regresar. La aventura del baile termina ahí, junto a esa rueda humedecida por el sereno de la noche a la cual se recuesta un rato el enamorado, para verla partir.
(Publicado en "Tiempos de Colonia", 1988).
Copyright (C) 2011. IMAGEN CENTRO DE INFORMATICA.
|